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El Chile que casi nunca vemos en el cine

El Chile que casi nunca vemos en el cine
Miércoles 9 de agosto 2026

Chile tiene una curiosa relación con el cine extranjero. De vez en cuando aparece una producción internacional que llega hasta nuestro país para aprovechar alguno de esos paisajes que parecen hechos, precisamente, para una película. El desierto de Atacama, la cordillera, los bosques del sur o la inmensidad de Rapa Nui. La reciente Wild Horse Nine, de Martin McDonagh, es uno de los ejemplos más recientes ya que parte de su rodaje se realizó en Chile (Rapa Nui específicamente) y volvió a convertir nuestro territorio en escenario para una historia que involucra directamente a nuestro país.

Pero no es algo nuevo. James Bond pasó por el desierto de Atacama en Quantum of Solace, mientras Diarios de motocicleta recorrió distintos rincones del país. Hollywood y otras industrias han encontrado aquí paisajes capaces de transformarse en cualquier lugar del mundo.

Pero ¿qué Chile aparece cuando una película mira realmente al país?

Porque estamos acostumbrados a ciertas postales. Santiago, el desierto, la Patagonia, Valparaíso. Son lugares reconocibles y fotogénicos, pero Chile es bastante más que eso. Y una de las mejores maneras de descubrirlo está en películas que se alejan de los lugares más evidentes y ponen atención en cómo viven las personas que los habitan.

Huacho (2009), de Alejandro Fernández Almendras, es un buen ejemplo. La película sigue durante un solo día a una familia campesina del centro-sur de Chile. No hay grandes acontecimientos ni paisajes buscados para impresionar. Hay trabajo, familia, dinero, pequeñas discusiones y una rutina que permite observar un país que pocas veces ocupa el centro de la pantalla.

En el sur, El cielo, la tierra y la lluvia (2008), de José Luis Torres Leiva, encuentra en Chiloé algo que va más allá de sus paisajes. La lluvia, los caminos, los bosques y los silencios terminan teniendo tanta importancia como los personajes. El territorio no es una postal turística, sino parte de la experiencia de quienes viven ahí.

En el extremo norte, Las niñas Quispe (2013), de Sebastián Sepúlveda, lleva la cámara hasta el altiplano para contar la historia de tres hermanas pastoras. El paisaje puede parecer monumental para quien lo observa desde afuera, pero la película consigue que ese espacio deje de ser simplemente espectacular y se convierta en un lugar cotidiano. En uno  donde sus personajes trabajan, viven y toman decisiones.

Y también está Santiago. Una ciudad que creemos conocer, puede verse distinta cuando el cine cambia el punto de vista. La nana (2009), de Sebastián Silva, observa las relaciones familiares y laborales desde el interior de una casa. No necesita llevarnos a un lugar remoto para mostrarnos otro Chile, porque le bastó con cambiar el punto de vista de la cámara.

Es en ese cambio de perspectiva donde aterriza una de las mayores virtudes del cine cuando se trata de conocer un país. No siempre nos muestra lugares desconocidos, porque a veces solo tenemos que mirar de otra manera lo que creemos conocer perfectamente.

Chile puede ser un desierto, una isla, una ciudad, un campo o una casa. Puede ser el paisaje que una producción extranjera descubre desde lejos, pero también el cotidiano que una película chilena observa de cerca.

Y quizás por eso, más que buscar las películas que han convertido a Chile en una postal, vale la pena buscar aquellas que solo lo miraron con más atención.

Porque el Chile que aparece en el cine todavía puede ser mucho más grande que el que creemos conocer.

Ignacio Maldonado

Fundador de Onda Pop

Instagram: @ondapopcl