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¿Existe una película que le deba gustar a todo el mundo?
Hay películas que parecen venir con la instrucción de “tienes que verlas”, “tienes que entenderlas” y, ojalá, “tienes que disfrutarlas”. Son esas obras que aparecen una y otra vez en las conversaciones sobre cine, que figuran en las listas de las mejores películas de la historia y que, por alguna razón, parecieran exigir nuestra admiración. Pero ¿qué pasa si las vemos y no nos producen nada especial?
Pensemos en El padrino, 2001: Odisea del espacio o Ciudadano Kane. Todas ocupan un lugar importante en la historia del cine, ya sea por su influencia, sus decisiones formales o la manera en que transformaron el lenguaje cinematográfico. Sin embargo, reconocer sus méritos no significa que deban gustarnos. Alguien puede aburrirse con el ritmo de 2001 o simplemente no conectar con el universo de El padrino. Y eso no cambia la importancia de ninguna de las dos.
Apreciar una película y disfrutarla no son necesariamente la misma cosa. Podemos reconocer que una obra está bien construida sin querer volver a verla. Del mismo modo, podemos disfrutar de una película imperfecta sin tener que defenderla como una obra maestra.
Algo parecido ocurre con los grandes éxitos populares. Titanic se convirtió en un fenómeno mundial, Barbie consiguió convocar a públicos muy distintos, y Marvel construyó una comunidad enorme alrededor de sus superhéroes. Pero la popularidad no garantiza una conexión universal. Siempre habrá espectadores que no disfruten de una historia romántica, que no encuentren en una película lo que otros descubrieron o que simplemente no tengan interés en ese universo.

Entonces, ¿por qué a veces sentimos que debería gustarnos?
Parte de la respuesta está en cómo entendemos la cultura. Cuando una película es celebrada durante décadas, podemos llegar a pensar que no disfrutarla revela alguna carencia propia, como que quizás no la entendimos, nos falta experiencia o todavía no sabemos apreciar el cine de verdad. En ocasiones, volver a una película con otra perspectiva puede cambiar nuestra experiencia. Pero eso no significa que debamos insistir hasta que nos guste.
Tampoco toda película difícil es necesariamente profunda, ni todo aquello que disfrutamos necesita una justificación intelectual. El cine puede desafiarnos, incomodarnos y enseñarnos nuevas formas de mirar, pero no debería convertirse en una prueba para demostrar cuánto sabemos.
Y ahí está el punto. No necesitamos que todas las películas nos gusten para reconocer su valor, ni que todas las personas disfruten de las mismas historias para conversar sobre ellas.
El cine sería bastante más aburrido si existiera una respuesta correcta para cada película. Por eso, más que preguntarnos qué película debería gustarnos a todos, quizás valga la pena preguntarnos por qué seguimos creyendo que alguna tendría que hacerlo.
Ignacio Maldonado
Fundador de Onda Pop
Instagram: @ondapopcl