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La pantalla como punto de partida por Ignacio Maldonado

La pantalla como punto de partida por Ignacio Maldonado
Miércoles  6 de mayo 2026

Hay películas que tienen un tipo de final muy diferente a uno cerrado o abierto. Hablo, en realidad, de algo que llamaré el "no final", porque en realidad nunca terminan ya que te han mostrado un mundo nuevo que se germinó dentro del metraje. Películas que, dentro de su narrativa, han mostrado libros, música o, incluso, otra películas, que terminan siendo una extensión de esta y, que cuando leemos, escuchamos o entendemos la relación de estas obras que "consumimos" como derivadas, entendemos nuevas capas de la película que nos llevó a ellas.

Me pasó hace años con High Fidelity. No recuerdo exactamente la primera vez que la vi —aunque sí recuerdo que fue en el cable—, pero además de su historia, me llamó la atención esa forma obsesiva de hablar de música, de ordenar la vida en listas, de entender los recuerdos —y la vida— a través de canciones. De repente, estaba buscando bandas que no conocía, tratando de entender por qué una canción podía decir más que una conversación completa e intentando aplicar esa lógica en la vida real (obviamente sin mucho éxito). La película no se quedó en la pantalla porque se filtró en lo que escuchaba después.


Algo parecido ocurre con School of Rock. Puede parecer una comedia ligera, pero tiene ese entusiasmo contagioso que te hace querer volver atrás y escuchar con atención. No solo reírte con Jack Black y los niños que —obligados?— hicieron la banda, sino detenerte en esa pizarra llena de nombres de bandas que definieron toda la historia del rock y que, para muchos, fue una primera puerta de entrada. No es raro que después de verla alguien termine escuchando a Led Zeppelin o The Who, como si la película hubiera sembrado una curiosidad que estaba esperando.

Pero no todo pasa por la música. A veces el cine te empuja hacia los libros.

En Dead Poets Society, por ejemplo, los poemas no son un adorno ni una referencia culta para "entendidos". Son una forma de mirar el mundo. Y aunque uno no salga inmediatamente a leer a Whitman o a Keats, sí queda esa sensación de que hay algo ahí, algo que vale la pena descubrir. Que hay palabras que pueden cambiar la forma en que uno piensa, siente o incluso decide.

Lo interesante es que este tipo de experiencias no se buscan. No entras a una película pensando "quiero que me recomiende música" o "quiero salir con ganas de leer". Pero eso también es parte de la magia del cine. Una escena, una frase, una canción. Y de pronto te encuentras a ti mismo buscando, escuchando o leyendo.

Es como una cadena silenciosa de acontecimientos.

Quizás por eso algunas obras se quedan más tiempo que otras. No solo por lo que cuentan, sino por lo que despiertan después. Por esa capacidad de expandirse más allá de su propio formato y seguir viviendo en otras cosas, como una playlist nueva, un libro que aparece semanas —o incluso años— después, en una referencia que recién cobra sentido con el tiempo.

Al final, no se trata solo de ver películas, escuchar discos o leer libros como experiencias separadas, porque lo más interesante ocurre en ese cruce. Porque, como dije antes, la magia del cine está también en que una historia te empuja hacia otra y, sin darte cuenta, terminas recorriendo un camino que no estaba en el plan inicial, cuando le diste play.

Porque hay obras que no solo se disfrutan. También te enseñan dónde mirar después.

Escucha el soundtrack de High Fidelity y cuéntame qué te parece.

Ignacio Maldonado

Creador de Onda Cine