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Leo 40 veces la misma línea; no avanzaré en el libro, pero avanzo en algo más.

Leo 40 veces la misma línea; no avanzaré en el libro, pero avanzo en algo más.
Miércoles 28 de octubre 2026

La gente no quiere leer —dice Alejandro Dolina—; quiere haber leído. Pareciera ser que no hay tiempo para desvelarse cada noche, que no hay momento en el día para dedicarse al proceso de lectura. Nuestra ansiosa sociedad productiva —donde los objetivos de principio de año (dietas, ejercicio, metas laborales)— tampoco ayuda, llegando a absorber, inclusive, nuestras listas de pendientes lectores. El tiempo es poco y hay mucho (¡demasiado!) por leer.

Es por ello que —como casi siempre— cantidad no es calidad. No es cuánto hemos leído, sino qué hemos leído, cómo lo hemos leído y, sobre todo, si hemos disfrutado del proceso. Nuestra ansiedad nos juega en contra. Contamos las páginas antes de siquiera empezar. Nos espantamos ante los mamotretos de 500 páginas, cuando debiésemos alegrarnos de la dicha que nos espera. Claro, siempre y cuando el texto nos guste. También habría que defender el derecho de los lectores a dejar un libro a medias. ¿Por qué obligarnos a leer y, peor aún, a disfrutar ciertos títulos por el solo hecho de que al resto le gustan, porque son clásicos o porque están de moda?

Leer es ensayo y error. A veces le achuntamos de media cancha y descubrimos el libro perfecto para nosotros; otras tantas, nos decepcionamos. Y no pasa nada. No todos tenemos que disfrutar el Ulises de Joyce, ni emocionarnos con En Busca Del Tiempo Perdido de Proust, La Corresponsal de Evans o Las Gratitudes de De Vigan. Tampoco es obligatorio sobrevivir a las mil páginas de Guerra & Paz, naufragar con Moby Dick o escalar los Alpes con La Montaña Mágica. Están El Quijote, Los Hermanos Karamazov, Cien Años De Soledad, Crimen & Castigo. ¡Vamos!, si hasta la Biblia habría que leerla y en buena hora, sea uno creyente o no. Libros extraordinarios, la mayoría sin duda. Pero ¿desde cuándo una obra maestra viene acompañada de la obligación de gustarnos? Hay quienes los han leído; otros los han empezado; muchos los exhiben en sus bibliotecas. Y algunos, probablemente, están esperando que aparezca la película. Pese a todo, los libros se van juntando en las estanterías. La literatura y el polvo van de la mano.

En esa misma línea, Umberto Eco defendía la idea de la anti-biblioteca: aquellos libros que todavía no hemos leído y que nos recuerdan cuánto ignoramos. Una biblioteca no es un inventario de victorias intelectuales. Es también un catálogo de deudas pendientes, promesas y futuras decepciones. Alejandro Dolina, a su vez, advierte de un invento para el futuro: unas pastillas que permitan dar por leídos ciertos libros. El empastillado —ya no el lector— podría ir a la farmacia o, quién sabe, a las mismas librerías y ¡PUM! sale feliz con La Comedia Humana ya leída. Hola, buenas tardes -diría-; quiero leerme Los Miserables. Perfecto, señor -respondería el farmacéutico librero-; le cuento. Tenemos una promoción: por la compra de los cuentos completos de Borges junto con la poesía de Teillier, le regalamos Los Miserables. Además, acumula puntos para canjear pastillas de best-sellers. Así queda listo para impresionar a todo el mundo este fin de semana. Extraordinario -respondería el adicto cliente-, me lo llevo.

Hay que velar por que esa distopía nunca llegue. Sería igual o tanto peor que la quema de libros de Fahrenheit 451. Lo que nos hace mejores -si es que un libro nos mejora (se cuestiona Dolina)- es el proceso de la lectura y no el tachar la ansiosa lista de pendientes. Hay que enseñar y aprender que el disfrute está en la lectura misma, en la anti-biblioteca, en el ensayo y error y, cómo no, en leer 40 veces la misma línea, aunque no avancemos en el libro, pero sí en algo más, sea lo que sea.

Tomás T. Hood