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Robots, lobos y hogares rotos: el otro cine para niños por Ignacio Maldonado
A primera vista, el cine infantil tiene una fórmula conocida. Un niño, un problema que lo supera y un mundo que aprende a mirar de otra forma. Un esquema perfecto para llenar una tarde de domingo con la excusa de "es para niños", aunque termine viéndola toda la familia. Pero lejos de renegar de esa simplicidad, las mejores películas la usan como fachada para poner debajo temas más densos como lo son la guerra, el desarraigo, el abandono. Cualquier lista que se conforme con Disney o Pixar habla del algoritmo de streaming, no del género. Es por eso que te dejamos tres películas que, con un niño o una niña como protagonista, van más profundo de lo esperado.
La primera es “El gigante de hierro” (1999), dirigida por Brad Bird antes de que Pixar lo hiciera famoso. Hogarth, un niño de un pueblo costero de Estados Unidos, encuentra un robot gigante caído del cielo en plena Guerra Fría. La película entiende que el terror nuclear de la época se explica mejor a través de los ojos de un niño que a través de un discurso que habla de la amistad entre ambos es la excusa, porque el verdadero tema, el miedo colectivo a la aniquilación. Menos citada que el resto del canon animado de los noventa, pero con una lectura política que no ha envejecido nada mal.
La segunda es “Wolfwalkers” (2020), del estudio irlandés Cartoon Saloon. Robyn, una niña que llega a Kilkenny durante la ocupación inglesa, descubre un bosque habitado por una comunidad que se transforma en lobos mientras duerme. La animación 2D hecha a mano, sin rastro de CGI, es tan protagonista como la propia Robyn, que con cada trazo defiende una forma de ver el mundo que choca con la lógica colonial que quiere arrasar el bosque. Habla de colonialismo y de relación con la naturaleza sin sermonear ni una sola vez.
La tercera rompe el tono de las anteriores y se aleja de la aventura. “Mi vida de calabacín” (2016), stop-motion suizo, sigue a Icare, un niño que llega a un hogar de acogida después de la muerte de su madre. Ganó en Cannes y en Annecy, pero rara vez aparece en listas de recomendaciones infantiles, quizás porque habla del abandono, del duelo y de la posibilidad de formar una familia solo con quien queda, no con quien falta. Lo hace con una ternura que nunca se vuelve un golpe bajo.
Las tres beben, en el fondo, de la idea de un niño protagonista, que no es sinónimo de una historia simple. Lo que cambia es el paisaje y el peso que carga cada personaje. Un robot que puede destruir el mundo, un bosque que resiste a un imperio, un hogar de acogida que reemplaza al hogar que se perdió. Ese peso es el motor narrativo que atrapa tanto al niño protagonista como al espectador de cualquier edad. La pregunta no es si el niño va a estar bien al final, sino cuál fue el camino que debió atravesar para llegar ahí. Esa es la complejidad que el cine infantil esconde bajo su fórmula aparentemente simple.
Ignacio Maldonado
Fundador de Onda Pop
Instagram: @ondapopcl